Author Archives: Daniel Meurois

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LOS CUERPOS DE LUZ SEGUN LOS ESENIOS

1.- ¿Cómo describe la tradición Esenia los cuerpos de Luz, el campo de energía presente en y entorno a los otros cuerpos? ¿Cómo está presente? Ante todo, hay que saber, que la tradición esenia daba información sobre todo de la Tradición esotérica. Esa que se transmite de forma oral. No podemos encontrar ni textos ni esquemas sobre este campo. En realidad, los primeros esenios partían del principio de que el cuerpo de luz era múltiple. Es decir, que se constituía de cierto número de “capas luminosas”, cada una de esas capas eran la expresión de un nivel de ser. Para ellos, el cuerpo de luz en su conjunto no era la consecuencia del cuerpo material, sino más bien todo lo contrario al principio de este. Si lo asimilamos al alma, podemos decir que, para ellos, el alma preexistía al cuerpo de carne. Esto significa que consideraban la carne como la prolongación, la declinación más densa de una realidad luminosa primordial. Por otro lado, establecían una distinción muy clara entre el cuerpo del alma y las emociones de este, lo que llamamos hoy los diferentes estratos del aura. En este sentido, según su comprensión de las cosas, el cuerpo luminoso y sus radiaciones eran portadoras de la verdad del ser. Traducían -o revelaban- el estado de salud del alma. En ese nivel es en el que se esforzaban en trabajar, ya que partían del principio de que los disturbios del cuerpo físico, casi invariablemente, eran las consecuencias directas de las disfunciones del alma.
2.- ¿De dónde viene? Para los esenios, ¿Cuál es el origen de este cuerpo de luz? Para ellos el cuerpo de luz, nacía de una realidad más luminosa aun, la de los “cuerpos del Soplo” hoy, nosotros lo llamaríamos “espíritu”. Veían ahí un principio incorruptible y andrógino directamente nacidos de la Conciencia Divina. El cuerpo de luz, o más aun, el alma, fue considerado como la prolongación densa y sexuada del “cuerpo del Soplo”. Era el cuerpo luminoso el que permitía la experimentación de la dualidad, ya que su “sexsualización” inducía al estado de separación en su movimiento de densificación hacia la carne. Para los esenios el cuerpo luminoso del alma representaba el puente entre el Soplo divino y el mundo material. Era un lugar de reunión, igual que el tronco de un árbol permite a sus raíces y a sus ramas cumplir sus funciones de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo. Las semillas vienen de arriba, su nacimiento de abajo, mientras que su crecimiento se expresa en el punto de encuentro entre el Cielo y la Terra, que es el tronco. La imagen Arquetipal del árbol está constantemente presente en las enseñanzas esenias, igual que en la tradición Cabalististica de los sefirotes.
3.- ¿Qué aplicaciones? ¿Cómo utilizaban los esenios este saber? Este conocimiento fue dirigido hacia un solo fin: la maestría de la salud del ser. Las terapias esenias se consideraban holísticas incluso si este término no existía entonces. Consideraban la realidad global del ser humano, es decir, con su multitud de declinaciones, de sus niveles de conciencia, eso que hoy llamamos “niveles vibratorios”. En términos actuales, podría decir que, para ellos, un hombre santo en el sentido pleno del término, necesariamente era un hombre sano en la medida en que se ha instaurado la salud en todos los niveles de su ser por medio de la pacificación total que genera el estado de no dualidad. Este estado es en el que el espíritu y la materia se reconocen el uno en el otro hasta casarse. A esto se le llama las Bodas espirituales o Bodas Alquímicas. Es una sublimación que se produce en la famosa Cámara Nupcial de los Gnósticos, que es un estado vibratorio absolutamente sagrado.
4.- Según los esenios ¿Cómo se desarrolla la capacidad de percibir este cuerpo de luz? Evidentemente, existía toda una serie de ejercicios dirigidos a percibir el cuerpo de luz y sus radiaciones que emanan constantemente de él. Su práctica formaba parte del entrenamiento de los alumnos terapeutas cuidadosamente seleccionados por sus capacidades. Sin embargo, los profesores insistían en el hecho de que los ejercicios en cuestión no bastaban para el desarrollo pleno de la capacidad de entrar en contacto, ya sea visual o táctil, de forma global con el cuerpo de luz. Todos los iniciados sabían que para terminar de abrir los canales del organismo sutil, solo una ascesis de vida que incluía la maestría de los pensamientos, de la palabra, una práctica diaria de la compasión y del servicio al otro. De manera general, era la pureza del alma y su progreso largo y paciente en la escuela de Vida lo que le permitía, poco a poco, entrar en relación afectiva con la estructura íntima, invisible y original del ser humano. Leer los cuerpos de luz no era un fin en sí, era la consecuencia lógica de una forma de vida que exigía una constante superación de sí mismo y apuntaba a la liberación de la Conciencia.
Daniel Meurois y Marie-Johanne C- Meurois
“Así curaban ellos”,“las enfermedades kármicas”, “El Metodo del Maestro”, “Lo que ellos me dijeron”, “Memorias de esenio” y “El Gran Libro de las Terapias Esenias y Egipcias”


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Simplemente Irradiar

* Esta crónica la escreibió en el año en que fallecieron estos dos granddes maestros de la India -Premananda y Sai Baba-)
No habrá pasado inadvertido a los que tienen dirigida su mirada interior hacia el despliegue de la conciencia…
En menos de dos meses, la marcha de dos grandes figuras de la espiritualidad, Swami Premananda y Sathya Sai Baba, es cuanto menos significativa. Hayamos sido sensibles o no a su irradiación, hayamos dado crédito o no a las controversias de las que fueron objeto –un fenómeno que parece inevitable en nuestro mundo–, su entrada en samadhi no debería dejar indiferente. Nada puede alcanzar el corazón de centenas de miles, incluso de millones de personas en todo el mundo, si no vehicula algo poderoso. Mi intención no es la de empezar aquí una discusión sobre lo que eventualmente puede significar la retirada, en un corto lapso de tiempo, de dos Maestros espirituales de tal envergadura y no deseo en absoluto alimentar ninguna polémica al respecto. Mi reflexión quiere centrarse sobre la naturaleza misma de su enseñanza y, por tanto, sobre lo que en ellos a sabido alcanzar tantos y tantos de nuestros semejantes. En general, cuando hablamos de una enseñanza, nos referimos a escritos, a libros publicados que sirven de base a una reflexión y que, a veces incluso, crean una Escuela de pensamiento o un movimiento. Por lo que respecta a Sathya Sai Baba y a Swami Premananda, esto no ha ocurrido. Se ha escrito mucho sobre ellos, pero ni uno ni otro han dejado, por lo que sé, han dejado ninguna obra firmada por su propia mano. En efecto, nos han legado algunas hermosas palabras llenas de sabiduría, grandes preceptos que nos gusta repetirnos como tantas llamadas luminosas sobre nuestro camino, pero reconozcámoslo, no nos han dejado grandes revelaciones místicas o esotéricas. No hay un nuevo evangelio para nuestra humanidad en búsqueda de un soplo « diferente ». En definitiva, las huellas escritas que dejan están lejos de ser revelaciones. Son en su mayor parte consejos de vida que invitan al reconocimiento de la Divininidad en uno mismo, en el otro y en todas las cosas. Esto ya es mucho y sin embargo, al fin y al cabo, no es algo excepcional.
¿Son por tanto sus prodigios los que han atraído a tantos fieles? Han contribuido a ello, es cierto, pero evidentemente no lo explican todo, ni mucho menos. Nuestro mundo sabe producir fenómenos milagrosos, verdaderos o falsos. La naturaleza humana se habitúa a ellos, siempre reclama más y se cansa rápido de ellos. No… La verdadera esencia de su enseñanza se expresó esencialmente a través de lo que irradiaron, es decir, a través de su forma de ser, mucho más allá de las palabras que pronunciaron. Les bastaba una mirada, a veces el hecho de no decir nada, o una bofetada moral, que caía como una bendición, y todo sucedía. La maestría es eso… llegar a no necesitar las palabras para decir lo que hay que decir. ¡Es una extraña constatación para alguien como yo que tiene por función la de escribir! Tener solo que estar ahí y dejarse irradiar, ese es el secreto en el que tenemos que penetrar. Por supuesto, a pesar de ello las palabras habladas o escritas sirven para algo… ¡Nos hacen falta para avanzar! Solamente afirmo que no estar obligado a utilizarlas para « decir » significa sin duda haber explorado su lenguaje hasta haber alcanzado los límites. Evidentemente, se me dirá que el Cristo hablaba, que enseñaba los misterios de la vida. Es cierto, pero Él tampoco dejó nada escrito por sí mismo, nada que pudiera ser petrificado. A menudo, me ocurre que descubro conversaciones o recibo accidentalmente opiniones sobre uno u otro libro que acaba de aparecer. No es extraño que escuche: «Oh… no hay nada nuevo en el libro. No hay nuevas revelaciones, no nos enseña nada más…»
En esas situaciones, por suerte, he aprendido a callarme. No entro en la discusión ya que es inútil. Simplemente constato que un gran número de los que se dicen « estar en el camino » no han comprendido que es inútil acumular « revelaciones » e inflarse la cabeza con nuevos datos de corte esotérico o de pseudo-informaciones estrepitosas. Si los que estuvieran en condiciones de aportar auténticos elementos innovadores no lo hacen, ¿no será simplemente porque nuestra humanidad todavía no ha asimilado y aplicado lo que se le ha enseñado hasta el momento?
En cierto modo, todo ya ha sido dicho y escrito sobre lo que necesitamos para llegar a ser mejores seres humanos, mujeres y hombres dignos de ese nombre y verdaderamente en marcha hacia sí mismos. ¡Todo! La única cosa que puede variar es la forma de expresarlo, la forma de repetir que tendríamos que callarnos un poco más para llegar a escuchar. El arte de la enseñanza es el de la paciente repetición… hasta la asimilación silenciosa. Respecto a nosotros, si intentáramos calmar ese apetito de lo « siempre nuevo » y de lo sensacional que tanto caracteriza nuestra sociedad, posiblemente nos iría mejor. ¡Esa especie de bulimia hace tanto ruido en nosotros!
Cuando un verdadero Maestro espiritual da su bendición o se ofrece en un « darshan », es su silencio lo que propone en primer lugar como alimento. ¿Sabemos saborearlo? Toda la cuestión está ahí. Muchos de los que recibían la bendición del Cristo hace dos milenios ya decían entre ellos : « ¿Es él el rabí del que se habla tanto? Es decepcionante… no he sentido nada… » Me temo que en algunas circunstancias de nuestra vida demasiado a menudo nos parecemos a ellos por querer siempre más, sin captar nunca nada realmente.
Daniel Meurois


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