¿Que se haga tu voluntad…

Tan lejos como remontan mis recuerdos estas palabras, tanto lapidarias como poderosas, me han marcado siempre. Todavía hoy resuenan en mi a la manera de un “ábrete sésamo”, cada vez que una dificultad real o una cuestión de importancia se presenta en mi camino extraigo de ahí invariablemente una fuerza que mantiene mi soplo.
Para quien comprende verdaderamente el sentido, sin duda, su magia reside en su simplicidad y por tanto, en su universalidad.
Sin embargo más allá de esta aparente simplicidad, se podría decir que tales palabras vienen a solicitar en nosotros muchas más cosas de que lo parecen. A aquellos que se interrogan, esto no les pasa desapercibido.
En efecto, ¿qué es lo que induce “que se haga tu voluntad”? ¿A quién nos dirigimos cuando formulamos esta llamada que suena como una confesión, la confesión de nuestros “ojos internos” que aspiran a pasar del combate al desarme confiado?
¿A Dios, al Divino? Desde luego… ¿Pero constatamos que expresándonos así, ponemos sin saberlo la realidad y la Presencia de cada uno al exterior de nosotros mismos? La alejamos…
Problema…
Es un problema también si queremos ir más allá de esta reflexión. Cuando uno se refiere al divino como aquel que decide, que nos exime de nuestra responsabilidad, ¿qué pasa entonces con el sentido de nuestra vida y de nuestro destino?
Tocamos aquí la espinosa cuestión de la libertad e incluso de la noción de fatalidad.
En cuanto a nuestro camino de alma, el que se supone que debemos transitar con el fin completarnos en esta existencia y de acercarnos a la fuente, ¿qué debemos pensar? ¿cómo mirarlo y comprenderlo si, frente a la adversidad, bajamos los brazo para finalmente desistir?
Encontrar las respuestas satisfactorias a todas estas cuestiones a veces puede ser un verdadero rompecabezas, ¿quién es Dios y qué quiere? Y por encima de todo esto ¿dónde está nuestro “margen de maniobra” personal? ¡No salimos de ahí! No hay ninguna salida en esta dirección.
En lo que a mí se refiere, si “que tu voluntad se haga” a ocupado tanto espacio en mi vida es porque desde hace tiempo he perdido todo el interés en quererlo desmenuzar.
He dejado de hacerlo porque las palabras nos engañan fácilmente. Como todos las herramientas tienen sus límites. Pueden, tanto dibujar y abrir vastos horizontes como también sutilmente construir vallas.
Por eso he bajado un peldaño en mi. He abandonado mis “matemáticas cerebrales” para reunirme con las imágenes constructivas de mi corazón, ahí donde se produce la Conexión.
Es por esta decisión, creedme, que en seguida he descubierto mi “sésamo”, es decir, mi traductor de verdades eternas, mi percusor de paz, mi simplificador universal.
¿Quién es ese Dios o esa Divinidad, a la cual entrego mi voluntad con regularidad? Como ser pensante, ciertamente puedo tener ideas u opiniones, pero en cuanto a esperar rodearla, eso sería una penosa pretensión…
Porque me he dado cuenta que lo tengo frente a mi constantemente, porque vivo dentro a cada nano segundo de mi trayectoria, porque está también en el interior de mi corazón y porque eso es la célula matriz.
¿Cuál es exactamente la naturaleza de Su Voluntad entre los meandro de mi camino de vida?
¿Pero quién sería yo entonces para esperar circunscribir esto mediante algunos conceptos inevitablemente demasiado humanos?
Mi camino de vida… estoy seguro de haber transitado plenamente mientras me mantengo auténtico conmigo mismo y con el prójimo, cualquiera que sean las circunstancias. Estoy seguro de no desviarme, mientras que lo proyecto con el soplo de mi corazón. Estoy seguro también, de sacralizarlo cada vez que logro extraerme de mis pequeños deseos personales.
Conozco entonces el significado cuando, agotado, suelto y me remito a una Voluntad que no pertenece a lo que yo sé de mí, pero que vive en el fondo de mí. Porque, y ahora tengo conciencia, esta voluntad se confunde con el dedo de la divinidad y Ella tiene una finalidad: Ofrecer lo que hay de más potente y más luminoso a mi alma.
Saber abandonarse cuando uno llega fatigado del encuentro con vientos contrarios, es simplemente eso. Es aceptar no estar más en el control “de la superficie de nuestra vida” y de remitirse a la verdad inmutable de un cierto Brillo que se tiene justo ahí, en el hueco de nuestro pecho.
Porque últimamente, aceptémoslo de una vez, la Voluntad de ese Padre o de esa Madre eternos a los que alguna vez tenemos la humildad de llamar, se fusiona con La que espera su hora en lo más secreto de nosotros mismos.

Una crónica de Daniel Meurois
Texto traducido por el Equipo Isthar Luna-sol


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