Simplemente Irradiar

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Simplemente Irradiar

* Esta crónica la escreibió en el año en que fallecieron estos dos granddes maestros de la India -Premananda y Sai Baba-)
No habrá pasado inadvertido a los que tienen dirigida su mirada interior hacia el despliegue de la conciencia…
En menos de dos meses, la marcha de dos grandes figuras de la espiritualidad, Swami Premananda y Sathya Sai Baba, es cuanto menos significativa. Hayamos sido sensibles o no a su irradiación, hayamos dado crédito o no a las controversias de las que fueron objeto –un fenómeno que parece inevitable en nuestro mundo–, su entrada en samadhi no debería dejar indiferente. Nada puede alcanzar el corazón de centenas de miles, incluso de millones de personas en todo el mundo, si no vehicula algo poderoso. Mi intención no es la de empezar aquí una discusión sobre lo que eventualmente puede significar la retirada, en un corto lapso de tiempo, de dos Maestros espirituales de tal envergadura y no deseo en absoluto alimentar ninguna polémica al respecto. Mi reflexión quiere centrarse sobre la naturaleza misma de su enseñanza y, por tanto, sobre lo que en ellos a sabido alcanzar tantos y tantos de nuestros semejantes. En general, cuando hablamos de una enseñanza, nos referimos a escritos, a libros publicados que sirven de base a una reflexión y que, a veces incluso, crean una Escuela de pensamiento o un movimiento. Por lo que respecta a Sathya Sai Baba y a Swami Premananda, esto no ha ocurrido. Se ha escrito mucho sobre ellos, pero ni uno ni otro han dejado, por lo que sé, han dejado ninguna obra firmada por su propia mano. En efecto, nos han legado algunas hermosas palabras llenas de sabiduría, grandes preceptos que nos gusta repetirnos como tantas llamadas luminosas sobre nuestro camino, pero reconozcámoslo, no nos han dejado grandes revelaciones místicas o esotéricas. No hay un nuevo evangelio para nuestra humanidad en búsqueda de un soplo « diferente ». En definitiva, las huellas escritas que dejan están lejos de ser revelaciones. Son en su mayor parte consejos de vida que invitan al reconocimiento de la Divininidad en uno mismo, en el otro y en todas las cosas. Esto ya es mucho y sin embargo, al fin y al cabo, no es algo excepcional.
¿Son por tanto sus prodigios los que han atraído a tantos fieles? Han contribuido a ello, es cierto, pero evidentemente no lo explican todo, ni mucho menos. Nuestro mundo sabe producir fenómenos milagrosos, verdaderos o falsos. La naturaleza humana se habitúa a ellos, siempre reclama más y se cansa rápido de ellos. No… La verdadera esencia de su enseñanza se expresó esencialmente a través de lo que irradiaron, es decir, a través de su forma de ser, mucho más allá de las palabras que pronunciaron. Les bastaba una mirada, a veces el hecho de no decir nada, o una bofetada moral, que caía como una bendición, y todo sucedía. La maestría es eso… llegar a no necesitar las palabras para decir lo que hay que decir. ¡Es una extraña constatación para alguien como yo que tiene por función la de escribir! Tener solo que estar ahí y dejarse irradiar, ese es el secreto en el que tenemos que penetrar. Por supuesto, a pesar de ello las palabras habladas o escritas sirven para algo… ¡Nos hacen falta para avanzar! Solamente afirmo que no estar obligado a utilizarlas para « decir » significa sin duda haber explorado su lenguaje hasta haber alcanzado los límites. Evidentemente, se me dirá que el Cristo hablaba, que enseñaba los misterios de la vida. Es cierto, pero Él tampoco dejó nada escrito por sí mismo, nada que pudiera ser petrificado. A menudo, me ocurre que descubro conversaciones o recibo accidentalmente opiniones sobre uno u otro libro que acaba de aparecer. No es extraño que escuche: «Oh… no hay nada nuevo en el libro. No hay nuevas revelaciones, no nos enseña nada más…»
En esas situaciones, por suerte, he aprendido a callarme. No entro en la discusión ya que es inútil. Simplemente constato que un gran número de los que se dicen « estar en el camino » no han comprendido que es inútil acumular « revelaciones » e inflarse la cabeza con nuevos datos de corte esotérico o de pseudo-informaciones estrepitosas. Si los que estuvieran en condiciones de aportar auténticos elementos innovadores no lo hacen, ¿no será simplemente porque nuestra humanidad todavía no ha asimilado y aplicado lo que se le ha enseñado hasta el momento?
En cierto modo, todo ya ha sido dicho y escrito sobre lo que necesitamos para llegar a ser mejores seres humanos, mujeres y hombres dignos de ese nombre y verdaderamente en marcha hacia sí mismos. ¡Todo! La única cosa que puede variar es la forma de expresarlo, la forma de repetir que tendríamos que callarnos un poco más para llegar a escuchar. El arte de la enseñanza es el de la paciente repetición… hasta la asimilación silenciosa. Respecto a nosotros, si intentáramos calmar ese apetito de lo « siempre nuevo » y de lo sensacional que tanto caracteriza nuestra sociedad, posiblemente nos iría mejor. ¡Esa especie de bulimia hace tanto ruido en nosotros!
Cuando un verdadero Maestro espiritual da su bendición o se ofrece en un « darshan », es su silencio lo que propone en primer lugar como alimento. ¿Sabemos saborearlo? Toda la cuestión está ahí. Muchos de los que recibían la bendición del Cristo hace dos milenios ya decían entre ellos : « ¿Es él el rabí del que se habla tanto? Es decepcionante… no he sentido nada… » Me temo que en algunas circunstancias de nuestra vida demasiado a menudo nos parecemos a ellos por querer siempre más, sin captar nunca nada realmente.
Daniel Meurois


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